La Resistencia
Una vida en el día…el de siempre…el de nunca
“Delante de nosotros hay
mil vidas distintas que podríamos vivir,
pero cuando llegue, será solo una"
Las uvas de la ira
John Steinbeck
“La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”, decía el otro John.
La verdad es que yo nunca tuve tiempo de hacer planes cuando la corriente de la vida me empezó a llevar por cauces desconocidos.
Al principio, antes de quedar a la deriva, su recorrido fue plácido, amniótico.
Fuí acólito en La Sagrada Familia (no la de Gaudí) la de Roma, la colonia, cerca de donde oficiaba El Brujo, enfrente de las acuarelas de Guati Rojo y al lado del profesor Ashby y su academia de piano.
Los tiempos cambiaron y nos alcanzó el Verano del Amor. Fui hippy cuando l@s niñ@s flor. Fui yippie cuando el mundo empezó a develar su verdadero rostro, su doble rostro de Jano. Junkie cuando la piragua naufragó en Topilejo y tuve que nadar contra la corriente para salir a flote…del otro lado del Atlántico. Fui clochard, cuando el orgullo era un lujo burgués, gigoló cuando Latinoamérica emergió en el Barrio Latino y me atrapó el canto de las sirenas, obrero en Billancourt cuando desperté encadenado.
La corriente fluía y nunca se detenía, nunca era la misma, nunca lo fue. De regreso a las riveras del Magdalena, desperté siendo escarabajo y me transformé en burócrata. Funcionario cuando decidí ser salmón. Fui yuppie (¡yupi, yupi!) cuando la sangre embotellada en las cavas del señor Alliaga, reconoció la de mi abuelo, el que cruzó el Atlántico en sentido contrario o anverso, para cartearse con Mallarmé (¿o mal armé?) a lo mejor en verso, ande usted a saber, pero eso ya no lo vio el arquitecto, tenista de su destino.
Yo nunca lo fui. Y tal vez lo hubiera sido si los dados no hubieran estado cargados ¿Era dios el que los echaba? Tal vez, solamente Barton- Feller. ¿O el espin de la pirinola gira al revés? Quizás.
Así que me embarqué de nuevo, como Aguirre, y fui guardabosques de Las Montañas del Sur…del Valle del Anáhuac, desde donde vislumbré aquellas Primeras Luces muchos años después. Luces en una flecha del tiempo invertida ¿o invertido? que sigo esperando.
En el Cerro de los ídolos, “lugar donde se adora a Malinalxóchitl”, desde el monolito de la Casa del Sol pude ver el firmamento finalmente, para entender que solo era Polvo de Estrellas que dispersa la entropía.
Pero también desde la cima de la Pirámide del Adivino, en una noche transparente como las aguas del Caribe, se desplegó el infinito para mis ojos, por un instante, como muchos otros que se vislumbran por el rabillo del ojo cuando éste se descuida, calles que se enrollan como en un cuadro de Escher, tiempo que ralentiza y se vuelve eterno en un destello.
Sí, la flecha del tiempo solo sabe avanzar, pero la corriente atraviesa por valles de tranquilidad, instantes infinitos, rápidos vertiginosos, recuerdos y memorias que dejan de existir por horror ante lo Real, no sin antes colorear su reverso, antes de desaparecer. Espejo del Sol.
En ese aparecer indiscutible pude nadar en dos océanos: en el Atlántico que nos bordea y en el Pacífico que no lo es tanto; pude también sumergirme en el Mediterráneo, aunque no haya nacido ahí, en el Mar Rojo de la sangre de Palestina, en el Egeo cuando Odiseo ya había atracado pero seguía navegando; pude contemplar cataratas desde la línea imaginaria que crea identidades coaguladas en países. Pude así colocar en la mitad del mundo un pie en cada hemisferio y vislumbrar volcanes en los Andes, cañones filibusteros en pleno desierto, Aguirre al fin, en Colorado y en el Sumidero. Nadar en cenotes ocultos para ocultar adoratorios invisibles, pirámides envueltas de museos. Atisbar la última maravilla de la Antigüedad en la post-modernidad, di-vagar en el Ágora donde Platón se esforzaba por explicar a sus discípulos que todo son reminiscencias y cómo salir de La Caverna, pero no la de Hamburgo. Reminiscencias que desembocan en el Marquee, cuyos umbrales habían atravesado indiscutiblemente Aguas Lodosas antes de las Corrientes Alternas y Continúas por agujeros de gusanos (barrenadores) que se transforman en La Nota Azul en el Village, en el Odeón en la Ciudad Luz o en el Hall de Alberto, no el de 2035, sino el del 75 de algún siglo pasado, enfrente del Parque que se Oculta en las nieblas del imperio…anterior, el de los Rottenschildren.
Crucé así milenios. Estuve en el valle por el que atravesó la sombra del Eclipse del Siglo, cuando el tiempo se invirtió: noche en el día en que los mortales sucumbieron a Morfeo, fuera de la Matríz, y a la orfandad cósmica de la realidad no virtual sino cuántica.
Fui normal, quizás lo único que me propuse en la vida, cuando hubo que serlo, acólito cuando las aguas eran plácidas, amnióticas, antes de Edipo y de la Esfinge. Fui Nadie en Nunca Jamás o Alguien en Siempre Serás, un fantasma como el Holandés Errante en un punto errado en la Red Interestelar, nadie, nunca.
Fui indiscutiblemente marino en el Mar de la Alegría cuando todavía teníamos Fe Ciega en que el Otro Mundo estaba ahí-ahora, a la vista de todos en la Constelación de Acuario o en el Mayo de París. También en el Jardín de Manuela, en el Espejo del Sol. Miroir del Sol inolvidable.
Y al final, atracar en Ítaca, mundo probabilístico donde poder dedicarse a Arreglar Agujeros, aunque entre la lluvia que impide que tu mente divague y paradójicamente abra traga-luces (siempre mejores que los de fuegos, supongo) a interpretaciones deconstructivas o reconstrucciones alternativas, caminos que se pudieron seguir antes de bifurcarse. Aunque tal vez siempre haya defectos que sobreviven cuando falla la Matriz.
Aquí la prueba.
Epílogo:
- Oye John ¿y si volvemos a empezar?
- Está bien, Yoko, pero sin ira.
Imágenes tomadas de la página de FB de "La Demeure du Chaos", The Abode of Chaos"